La búsqueda incesante del polo azul

España
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Los militares de la Unidad Militar de Emergencias (UME) han tomado un pequeño receso. Lo justo

para beber agua, sentarse al lado de los camiones y retomar la búsqueda de Artur. El niño, de 5 años, llevaba puesto un polo azul cuando se vio atrapado por la tromba de agua. Iba con su madre, Joana Lliteras, farmacéutica de Manacor, y su hermana Úrsula, de 7. Joana, que circulaba en un Hyundai negro, tuvo tiempo de poner a salvo a su hija, pero la corriente acabó arroyándolos a ella y a Artur. El cadáver de la mujer fue encontrado en el interior del coche en Son Carrió, donde los militares siguen peinando la zona. El cuerpo del menor no estaba con ella.

“Vamos mirando, apartando los matorrales”, explica uno de los militares. Pero es muy complicado, hay mucha maleza y restos de sedimentos que arrastró el agua. Con las cañas se van valiendo para desbrozar cada tramo del cauce del río para localizar el cuerpo de Artur. Bomberos, buzos, perros especializados y la Guardia Civil le buscan por cielo, mar, tierra y aire. Casi 900 efectivos para dar con el último de los desaparecidos que constan oficialmente en Sant Llorenç des Cardassar. En total, 12 personas han muerto por la crecida del torrente de Ses Planes, que arrasó con el centro del pueblo y se llevó por delante todos los vehículos que encontró, con personas en su interior.

Muchos de esos coches siguen todavía apilonados, dos días después, dentro del torrente, que apenas tiene 10 metros de ancho a medida que discurre hacia el mar. Son una maraña de hierros donde a duras penas se distinguen unos camiones y varios coches reducidos a escombros. La mayoría de esos vehículos pertenecen a los vecinos de Sant Llorenç, que vieron cómo el agua se los llevaba torrente abajo.

Pero recuperarlos es su última preocupación. Los vecinos siguen limpiando incansables los bajos de sus casas que fueron engullidos por el torrente. El Ayuntamiento ha centralizado la llegada incesante de voluntarios, que se suman a los militares, policías locales, bomberos y guardias que trajinan con los muebles ya inservibles de toda una vida. El centro del pueblo sigue siendo una pista de patinaje de lodo y un laberinto sin salida para los coches que intentan circular por su interior.

“Nos hemos quedado sin pan, ya no tenemos nada”, lamenta la camarera en un bar del centro de Sant Llorenç, que no deja de servir mesas a los llegados al pueblo. Un poco más arriba, el dueño de otro restaurante pide un receso hasta las ocho de la tarde para que los trabajadores puedan descansar. En el centro cultural se ha organizado un punto de avituallamento, que se suma al del centro de control de emergencias del pueblo.

Llorar a escondidas

El trasiego es incesante. Algunos vecinos se abrazan llorando, casi sin que les vean. Pero no hay demasiado tiempo para eso. “Aquí uno viene a ensuciarse”, advierten dos miembros de protección civil a unas jóvenes voluntarias, escobas en mano. Se distingue al recién llegado porque, a diferencia del resto, aún no parece que salga de una pelea en el barro.

Los especialistas advierten que en Sant Llorenç no ha ocurrido algo que no pueda pasar en cualquier otro punto de la costa española. “Está plagada de municipios levantados en torrentes o pasos fluviales”, explica Antonio Prieto, expresidente del Colegio de Geógrafos de España. “En los años 80 y 90 nos pusimos las botas de ocupando torrentes”, se suma Cels Garcia, geógrafo de la Universidad de las Islas Baleares. Para el primero, la solución pasa por ir poco a poco despejando esas zonas; para el segundo, por crear un sistema de avisos de posibilidad de crecidas, con determinadas prohibiciones, como circular por puentes o aparcar en las ramblas de los ríos. Dos medidas que no son incompatibles.

Los mayores del pueblo -muchos arremangados y con las botas puestas, como Pedro Alero, de 89 años que va sacando barro a paladas de casa de una amiga- no han olvidado la “torrentada” de 1989. Entonces las lluvias dejaron 160 litros por metro cuadrado, frente a los 220 del martes, según explica María José Guerrero, portavoz de la Agencia Española de Meteorología en Mallorca. Las lluvias de hace 30 años no dejaron muertos en Sant Llorenç, pero sí en Felanitx.

El martes, la intensidad de las precipitaciones pilló por sorpresa a la AEMET. Inicialmente, emitieron una alerta amarilla (una intensidad hasta 39 litros por metro cuadrado). A las 18.53 elevaron el aviso a naranja. Pero nunca llegaron a emitir la máxima alerta, la roja, de forma preventiva. Ya solo se hizo de forma reactiva, a las diez de la noche, cuando la ola de lodo había arrasado el centro del municipio.

“Habría que mejorar los modelos numéricos de las predicciones”, admite Guerrero, pero alega que en ningún caso, con los mapas que trabajan, pudieron ver venir las tormentas de esa forma y alertar a los ciudadanos con tiempo para que no salieran de sus casas. “¿A cuánta gente pudo llegar realmente nuestros avisos?”, se pregunta Guerrero. Cuando se elevó a nivel naranja, a las siete de la tarde, los vecinos explican que ya vieron bajar la ola de barro.

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