Wallapop: del “súbelo, súbelo”a exprimir el filón digital de los clasificados

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Wallapop repite como un mantra que quiere convertirse en la empresa referente en el mundo de los clasificados en versión digital. Esta siempre parece haber sido la idea, a pesar de

que desde su nacimiento, en 2003, la compañía ha dado tumbos y perdido el rumbo en varias ocasiones. Cambió de capitán, se habló de una posible venta e incluso dio el salto a Estados Unidos con la compra de Let Go, que le salió rana y de la que se deshizo en 2018. Con una facturación al cierre de 2019 que roza los 20 millones de euros, el doble que un año antes, y un nuevo capitán general, Rob Cassedy, la compañía quiere consolidar un modelo rentable antes de probar nuevos experimentos fuera.

El primer tanto que se atribuye Wallapop es haber acostumbrado a los españoles a vender lo que les sobra en casa. “Se construyó una cultura que no existía y eso tiene mucho que ver con lo que es la marca. España aún tiene potencial y tenemos la responsabilidad de ponerle las cosas fáciles”, resume Cassedy. El americano llegó a Barcelona, donde están las oficinas centrales, desde Berlín. Allí trabajó cinco años en Kleine Anzeigen (pequeños anuncios en alemán), la spin off de eBay para los clasificados; un proyecto que funciona como un tiro.

Wallapop ha sido revolucionaria desde el principio en el formato: una aplicación móvil con buscador, anuncios y geolocalización y con perfiles de usuario. Fue “después, para asegurarnos de que todo el mundo pueda compartir todo en cualquier momento, cuando se apostó por estar en todos los soportes y plataformas”, dice el directivo. Una de las principales metamorfosis del negocio fue pasar de los anuncios y las quedadas entre particulares al trabajo con profesionales y el cobro por los anuncios. Pero ha sido la opción de la plataforma de pago, lo que les llevó a incluir coberturas de protección y un acuerdo con Correos, uno de sus mejores movimientos.

Entran ventas también por el modelo tradicional de clasificados; cobran a los clientes a cambio de visibilidad y relevancia. Así sacan partido a verticales, como las inmobiliarias y los automóviles, que les resultan de lo más rentables y tienen anunciantes. También han abierto la puerta a los pequeños negocios. “España tiene muchas empresas que son demasiado pequeñas incluso para Amazon. Artesanos, tiendas y productores”. A ellos dedican un equipo propio, que les da consultoría y ayuda con estadísticas, uno de los grandes beneficios que les proporciona haber sido una aplicación móvil que recopila datos.

Cassedy deja claro, sin embargo, “que los datos no son una fuente de ingresos”. “Son fundamentales para asegurarnos de que estamos construyendo una buena experiencia de usuario. Gracias a ellos, cada vez que alguien entra a Wallapop encuentra algo personalizado en su forma de usar la aplicación. Ya no queremos que Wallapop sea un sitio con productos aleatorios, y para eso sirven los datos”. Por cierto, la compañía no contempla que para el grueso de los clientes el servicio sea de pago.

Se sabe poco de los orígenes de la empresa. Que la fundó en Barcelona Agustín Gómez, junto a Antai Business Partners (que acogió bajo sus ramas a empresas como Glovo) con dos nombres clave, Miguel Vicente y Gerard Olivé al frente. “Con su ayuda cerró un acuerdo de media for equity con Atresmedia, que permitió dar a conocer su producto y crecer de manera exponencial en las principales ciudades de España”, trasladan desde la compañía. “Poco después entraron como inversores fondos de capital riesgo como Accel Business Partners, Bonsai y La Caixa. En 2016 hubo rumores de venta de la compañía pero aseguran que “los planes son seguir en la misma línea que actualmente”, o sea, no vender.

Problemas de confianza

Una de las claves de la experiencia de usuario es, según Cassedy, la confianza. Y esta se ha tambaleado en ocasiones. Una, cuando Facua denunció impagos a los vendedores; Wallapop asegura que “las incidencias han sido mínimas, de un 0,5% de los usuarios, pero estamos trabajando para resolverlas cuanto antes”. Y otra, durante el pasado puente de Todos los Santos, con un fallo en el sistema que revelaba datos de los usuarios. “Nos dimos cuenta de que había una actividad sospechosa, hicimos un diagnóstico completo y pedimos cambiar las contraseñas. No es el mejor contexto de toma de contacto, pero trabajar tan implicados unió mucho al equipo”, relata. En Barcelona trabajan 150 personas, la mayoría son ingenieros y desarrolladores de producto; comparten oficina con el personal de ventas, atención al cliente y analítica, entre otros.

No planean salir de Barcelona o abrir nuevas sedes a corto plazo. Para Cassedy, la rentabilidad es capital. “Creo que la venta de Let Go [reportó ingresos de 135 millones de euros] nos permitió centrarnos. Wallapop no estaba suficientemente consolidada para salir fuera. Primero hay que construir un modelo sólido y diferenciado y luego ir a otros mercados o pensar en otros pasos. Ahora mismo nos preocupa más llegar a las zonas rurales que a Holanda”, responde en relación con una no descartable apertura de mercado en Europa o una salida a Bolsa.

A 2020 le pide “seguir consolidando la idea y hacer crecer la base de datos de usuarios [ahora mismo alrededor de los 10 millones] y las transacciones, sin importar si esto da dinero directamente o no”. “Queremos que el ecosistema se mueva y que la marca sea un referente”, resume el directivo americano, que asegura que “la compañía atraviesa un momento de apertura y transparencia”, en contraposición con la opacidad de los últimos años. No en vano, esta entrevista se ha gestado durante varios meses.

Falsificaciones y objetos robados

Uno de los trabajos alrededor de la confianza es el que atañe a los productos, que en ocasiones pueden ser falsificaciones o artículos robados. Aunque Wallapop dice trabajar “mano a mano con la policía en casos sospechosos”, la falta de revisión ha sido una de las principales críticas que se le ha hecho a la compañía. También aseguran que controlan con cuidado los objetos de más valor y la transacción entre particulares en estos casos. “La gente que pueda tener miedo y desconfianza puede estar convencida de que le haremos sentirse bienvenida y segura”, indica Cassedy.